martes 17 de enero de 2012

Decisión

Sabes que morirás en cualquier instante y que no hay nada que puedas hacer para evitarlo... ¿qué quieres hacer?

lunes 1 de agosto de 2011

Sobre si es necesario entrevistar a los jugadores de futbol

Nunca he entendido por qué se considera necesario entrevistar a los jugadores de futbol, sea antes o después de un partido. Si es después, ya hemos visto lo que ha ocurrido en la cancha, y si es antes tampoco el jugador nos podrá decir nada revelador. Peor aún, con muy escasas excepciones, todos dicen siempre lo mismo: “el rival es un rival de respeto; habrá que jugarle con mucha concentración en la cancha; el profe siempre nos dice que hay que ganar; somos conscientes de la importancia de estos tres puntos; no hay nada como un título; el partido fue duro, nos anotaron pero no nos rendimos hasta lograr el empate; sí, ganamos, ahora hay que pensar en el próximo partido que es igual de importante; no pudimos remontar el marcador, fuimos con todo adelante y nos sorprendieron atrás”… etcétera, etcétera, etcétera…

Si usted ha observado sea incluso superficialmente el partido, podrá saber con bastante proximidad lo que los jugadores dirán al final del partido. Así, por ejemplo, si el árbitro expulsa en una jugada incierta a un jugador de su equipo y pierden el partido, el jugador entrevistado dirá, atropelladamente, algo así como: “hicimos todo lo posible... (respiración agitada)…pero así no se puede, así no se puede carajo… (respiración) …nosotros planeamos un partido cerrado… (respiración) …pero estas cosas pasan, estas cosas pasan y así es el futbol”…

Si, por otro lado, la expulsión ha sido justa y la falta una tremenda agresión, todos los jugadores dirán al respecto algo como: “…hombre, fue un partido de mucho roce… y la presión tú sabes… fue la calentura del partido”.

En fin, que no creo que sea necesario entrevistar a los jugadores, creo que sería mejor no interrumpir a los críticos, que para eso les pagan: que los jugadores jueguen y que los comentaristas comenten los partidos. Se me puede objetar que si la entrevista es para que el jugador revele los secretos de su último romance, o las aristas del más reciente escándalo, y no para hablar del partido, entonces vale la pena entrevistarlos y escuchar las entrevistas. ¡Pero no, tampoco! ¡Para eso existen los actores de telenovela y los cantantitos como Luismi…!

lunes 11 de julio de 2011

El tiempo y la paciencia

Con el paso del tiempo uno va perdiendo la paciencia para los caprichos y las necedades de los demás (en cierta forma uno siente que ya no tiene tiempo para soportarlos). Ahora bien, una persona madura -como suele decirse-, va perdiendo la paciencia también y principalmente para sus propios caprichos y necedades, y evita permitírselos.

martes 24 de mayo de 2011

Sobre la presunción de inocencia

Si uno tiene que demostrar que no ha cometido una falta que podría haber cometido, es claro que ahí no se da presunción de inocencia alguna. La presunción de inocencia implica que alguien tiene que demostrar que uno es ha cometido la falta, y no este que no lo ha hecho. Se trata del presupuesto que le da carácter de racionalidad a todo sistema de justicia que no sea meramente arbitrario. Este mismo presupuesto funciona como criterio para decidir cuándo es realmente necesario reglamentar una conducta, y cuándo no: es preciso suponer agentes responsables, es decir, libres, para que la creación misma de leyes tenga un sentido racional. De lo contrario la ley se vuelve un puro instrumento de control, en lugar de ser la garantía de la libertad se convierte en el grillete que esclaviza a los hombres. Es importante hacer notar que la libertad y la responsabilidad son objetos de aprendizaje y de enseñanza, y que la única forma en que alguien aprender a ser libre y responsable es ejerciendo su libertad. Por ello una sobrerreglamentación, la generación de leyes innecesarias (esto es, que pasan por alto el presupuesto de inocencia y de responsabilidad), siempre tiene como consecuencia la obstaculización, para los agentes, del aprendizaje de la libertad y de la responsabilidad: es decir, imponer reglas a alguien a quien no le atribuimos responsabilidad le impedirá justamente aprender a volverse responsable, de modo que nunca está justificado realmente suponer que los agentes son irresponsables o que es imposible confiar en ellos, o que puesto que no saben ser responsables hay que decidir por ellos y restringir su libertad. Suponer esto, que el agente no es responsable, es un contrasentido para cualquier forma de legalidad, puesto que socava sus propios presupuestos e impide el logro de su finalidad más propia, a saber, el establecimiento de garantías para la libertad de los agentes. La sobrerreglamentación es injustificable desde un punto de vista práctico y desde un punto de vista abstracto: uno no puede, en un sistema de justicia plenamente racional, renunciar a libertades a cambio de seguridad, por mencionar un ejemplo. Pienso también en la educación de los hijos por parte de los padres y en las escuelas (aunque esto es aplicable a cualquier nivel): la restricción sobrelimitada de la libertad vuelve inepto para ella, impide que el hijo o el alumno aprenda a ser responsable alguna vez, y propaga la puerilidad. Este tipo de medidas (de restricción de la libertad), siempre intentan justificarse señalando que intentan proteger al agente de sus propias acciones. Pero se trata de una generalización arbitraria de lo que legítimamente puede hacerse en casos en los que evidentemente el

agente es incapaz de asumir responsabilidad en grado alguno: casos de enfermedad o de niños muy pequeños. Estos casos se justifican en la medida en que el agente no puede aprender responsabilidad, aún, o definitivamente. Pero se trata de excepciones, por lo que ningún sistema de justicia podría asumir que todos sus agentes entran en ese caso. En algo que sólo aparentemente es una paradoja, toda forma de justicia encuentra su justificación en la posibilidad del error o de la falta. Así, los hijos o los alumnos sólo pueden aprender a ser responsables cometiendo errores, pero si todos los errores están prohibidos, entonces no hay margen al aprendizaje.


(Redactado para el programa radiofónico Notas al margen).

lunes 11 de abril de 2011

Crítica a la seriedad intelectual

Hoy hablaré de un prejuicio del que ya hemos hablado antes, pero que merece una crítica detenida. Tiene que ver con la visión del intelectual como una especie derivada del sacerdote, algo así como un sacerdote laico, esto es, una monstruosidad. Desde este punto de vista el intelectual es, en términos generales, una persona sobria y, como piensa mucho, entonces ha de tener arrugas en la frente y frunce el ceño además. Casi siempre usa anteojos también y normalmente ha de tener canas para ganar el merecimiento de ser escuchado. En pocas palabras, el intelectual que vale la pena (puesto que desde esta visión siempre resulta penoso atender a los intelectuales, ¡y cómo no si son tan serios!)… decía que el intelectual que lo es con dignidad y como se supone que se debe, es el que no se anda con «payasadas», para usar un término que suele acarrear cierto tono despectivo: la crítica es una cosa seria, porque se ocupa de cosas importantes, así que cuando se hace hay que pararse derechito y poner jeta de gendarme.

Esto último hace evidente la idea en la que este prejuicio encuentra fundamento, a saber, la que confunde lo serio con lo importante, y lo no serio, lo jovial o lo jocoso, con lo banal y lo prescindible. ¿Pero es eso correcto? Me parece que se hará evidente que no si señalo un aspecto esencial de esta misma confusión: un ceño fruncido suele inspirar respeto, mientras que una sonrisa suele más bien inspirar desprecio, pero no normalmente, sino sólo cuando se trata de cosas consideradas «importantes». Lo natural en cambio es que el ceño fruncido inspire cierto temor o recelo, mientras que lo que inspira naturalmente una sonrisa es confianza. ¿Por qué cuando se trata de las «cosas importantes» se troca el temor por el respeto y la confianza por el desprecio? ¿No resulta ello pasmoso? Quizá eso tenga que ser así cuando no se es capaz de respetar algo que no inspire temor, ni se tiene aptitud tampoco para considerar importante a algo que no nos amenaza, menos aún algo que incluso nos alegra. Ahora bien, no respetar ni considerar importante más que aquello que nos amenaza es lo que define lo que con Baruch Spinoza habría que denominar como servilismo, esto es, la tendencia opuesta a la de quien cultiva su libertad. Como resultará evidente a todo el que no quiera cegarse con respecto a esto, la actitud servil es la normal en un país como el nuestro, y su generalización es producto de una forma de educación, la que resulta de que la educación esté en las manos de sacerdotes (de todo tipo, incluida la mencionada monstruosidad del sacerdote laico).

El servilismo es el resultado de una educación que es lo opuesto pues, de una educación para la libertad. Esta, en cambio, tendría que mostrar que lo importante no se identifica sin más con lo serio, con lo triste, con lo doloroso, sino que puede ser incluso lo contrario, esto es, que lo más importante encuentre su manifestación más adecuada justo en la vestimenta (o disfraz, si se quiere) de lo jovial. La crítica, y no la menos importante, sino la que se hace rodeado de las circunstancias más peligrosas, casi siempre se ha puesto los ropajes del bufón: piénsese en la caricatura política dentro de un régimen totalitario; o en Voltaire y Nietzsche. Horacio, para remitirnos a un clásico, habría preguntado a su vez: «Aunque, ¿qué impide que alguien diga riendo la verdad?» (Quamquam ridentem dicere verum quid vetat?).

Lo que sostengo es que no solo nada lo impide, sino que incluso en algunas circunstancias esa es la mejor manera de decirla, a saber y como muestran los ejemplos aludidos, cuando lo que se quiere mostrar o bien pasa descuidadamente desapercibido, o bien está siendo ocultado por alguien, o simplemente no quiere ser visto (puesto que es desagradable, o meramente incómodo, o inconveniente, o peligroso, etcétera). Es decir, justo cuando más necesario es decir la verdad (esto es, revelar algo que no era evidente), hay que decirla mediante la caricatura, la ironía, la insinuación, la parodia… En suma, con jovialidad se ganan oídos para lo desagradable o lo que incomoda saber. Por último, en efecto, y creo que nadie cuestionaría esto, entre más de estas cosas que prefieren permanecer ocultas se sepan, más libertad se habrá ganado.

Ahora bien, tampoco es que toda broma o divertimento descubra el hilo negro del mundo… a veces se trata simplemente de tener un pretexto para reír.

Locución en el programa de radio Notas al margen.

Importancia de los buenos modales

Esta vez hablaré de algo que hoy en día, y más en este país, parece haber sido relegado al olvido, a saber, de los buenos modales. No es un asunto baladí, como suelen suponer casi siempre quienes carecen de ellos. No se trata simplemente de pequeñas cosas que hay que hacer porque la abuela lo dice ni de esos detalles en que se esmera la gente que, como se acostumbra decir por estos lares, «se cree mucho». Lo que llamamos buenos modales forma parte de un aspecto de la vida que en nuestros días suele ser menospreciado, pero que sin embargo es condición de una buena vida.


En alguno de sus apuntes (no recuerdo ahora exactamente cuál), Ciorán manifiesta su asombro ante el hecho de que una treintena de seres humanos pueda viajar dentro un autobús durante un periodo prolongado sin matarse unos a otros. Como casi todos los apuntes de Ciorán ello puede sonar hiperbólico. De ser así en este caso, al menos lo sería en la misma medida en la que de esa forma muestra algo que de otra manera no veríamos: que la posibilidad de una convivencia humana semejante puede sin duda contarse entre los más grandes progresos de la civilización. Creo eso no porque ir dentro de un autobús con una treintena de personas me parezca algo deseable, sino justo por lo contrario. Tampoco creo estar exagerando: en un pasaje de su Guerra Civil, Julio César narra la suerte de dos grupos de sus soldados a los que hubo necesidad de trasladar en dos embarcaciones muy pequeñas para ese propósito, y que además se vieron sorprendidos por el enemigo. Junto al peligro de la muerte a manos del enemigo Julio César menciona otra cosa que le hace expresar conmiseración por su soldadesca, a saber, el hecho de tener que soportarse unos a otros (y al hedor resultante de tal concentración) en un espacio tan pequeño. Que Julio César, alguien acostumbrado a los avatares de la guerra, considere la mera convivencia humana algo tan difícil de sobrellevar como el peligro de muerte, puede resultar más digno de consideración.

Pues bien, en el fondo considero que la posibilidad de una convivencia humana tan cercana es uno de los auténticos progresos de la civilización en la medida en que ello se deba (junto a la invención del jabón y del perfume) al cultivo precisamente de los buenos modales. A continuación digo por qué: creo que la mejor manera de hacer que la vida valga la pena (puesto que no siempre resulta ser algo deseable de por sí), es embelleciéndola. Creo en efecto que hacer apetecible la vida es mejor que simplemente resignarse a soportarla mediante la esperanza de una transvida mejor (lo cual es además una paradoja), pero ese es otro asunto. Quiero decir, los buenos modales no sólo vuelven tolerable la cercanía de otros, sino que incluso pueden hacerla agradable, que es tanto como sacar un conejo de un sombrero. En otras palabras, junto al maquillaje, el jabón, el perfume y en resumen el arte en general, los buenos modales contribuyen de una menera importante a hacer que la vida valga realmente la pena (y no sólo a simular que la vida vale la pena, pero de nuevo, ese es otro asunto).

Para terminar, les contaré cómo termina la historia que refiere Julio César: mientras que uno de los grupos, compuesto de hombres con menos entrenamiento y experiencia, decidió entregarse al enemigo, con la condición de que sus vidas fueran al cabo respetadas. Este grupo fue masacrado en una plaza por las tropas pompeyanas a manera de advertencia. El otro grupo, compuesto por hombres con mucho entrenamiento y una vasta experiencia, decidió arriesgarse a seguir hasta el puerto más cercano y enfrentar al enemigo en tierra. Estos tuvieron la suerte de encontrar aliados y salvarse. La diferencia radica justamente en el entrenamiento y en la experiencia, que templan el ánimo y permiten así descubrir con una mayor claridad lo que resulta mejor en cada caso, y además actuar en consecuencia.

Y además creo que (consecuentemente) el silencio de un poeta hace del mundo un lugar más inhóspito (por lo que difícilmente podrá encontrarse algo tan atroz como lo que da ocasión a un silencio tal).

Locución en el programa de radio Notas al margen.

jueves 31 de marzo de 2011

Mejoría

No hay que esperar que un país como este mejore. Hay que preocuparse por perfeccionarse uno mismo.

jueves 3 de marzo de 2011

jueves 24 de febrero de 2011

martes 22 de febrero de 2011

lunes 14 de febrero de 2011

Discurso de un autor en la presentación de su libro

En el entendido de que las presentaciones de libros son un instrumento de las editoriales para promocionar sus productos, y en concordancia con ello, el autor es un invitado que habría de contribuir a hacer deseable para los asistentes la compra del libro; puesto que, además, hablar bien de lo que uno mismo ha hecho no es en absoluto satisfactorio, he de decir entonces (tratando de cumplir con mi papel, esto es, de convencerlos de comprar este libro) que un libro puede resultar atractivo no sólo por sus virtudes, sino también por lo que puede criticársele. Así, si este libro en particular tiene alguna virtud ella sola podrá justificar el gasto para algunos lectores, pero no para todos. Y es claro que no es necesario convencer hoy a quienes esperan encontrar recompensa, sino a los más pesimistas. En efecto, incluso existen aquellos lectores para los que un libro no resulta satisfactorio si no les es posible señalar en él alguna falla u omisión por parte, claro está, del autor. En este caso, si no en el primero, el libro que hoy se presenta puede sin duda resultar muy atractivo y no dejará hambrientos a esos ávidos explotadores de la labilidad humana. Ahora bien, si una vez que se ha comprado el libro el lector ha quedado insatisfecho incluso en esto último (algo sumamente improbable, espero), entonces habrá que recordarle, a manera de consuelo, aquello que Schopenhauer señalaba en el prólogo a la primera edición de El mundo como voluntad y representación, a saber, que un libro puede tener también muchos otros y acaso más fructíferos usos (eso último depende del libro, pero también del lector) que la sola lectura. Por ejemplo, se puede adornar con él un escueto librero, una mesa de centro o una mesita de noche; puede servir también para sostener el mueble al que se le ha roto inesperadamente una pata; es posible avivar con él una fogata, en caso de extrema necesidad; incluso puede resultar útil para ser reseñado en alguna revista... En fin, acaso en alguna de estas formas el lector defraudado vea compensado su gasto por lo que, en suma, no hay motivos para no comprar este libro.

domingo 13 de febrero de 2011

martes 14 de diciembre de 2010

La felicidad, la filosofía y los libros de autoayuda

Es posible que a usted le interese en realidad el tema de la felicidad, aunque no quiere saber nada de libros con títulos como: “Un amanecer más luminoso. Cómo amanecer feliz sabiendo que hay que ir otra vez a la oficina”; o como “La desdicha de ser desdichado” o “La felicidad en el fondo de una taza de café”. Es posible que usted no se conforme con razonamientos ramplones como: “el mundo está hecho a la medida de los deseos de cada uno, por lo que usted puede alcanzar la felicidad”; o “siempre se puede ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío, sólo hace falta que usted se convenza de que quiere ser feliz”… Es posible en fin que su interés por el asunto de la felicidad se encuentre mancillado por la sospecha de cursilería y superchería auto ayudadora. De ser tal su caso, no habrá que desesperar: el tema de la felicidad no es exclusivo de la charlatanería de la superación personal, ni del psicoanálisis… Es posible discutirlo seria, razonada y cuidadosamente. No hay que dejarse engañar por el desprestigio al que palabras como “ética” y “felicidad” han sido llevadas por el uso desaliñado y desidioso, o bien estúpido e insano que han hecho de ellas los predicadores de la moral y los empresarios con ínfulas de intelectuales. No, en el transcurso de la historia pensadores serios e importantes se han ocupado del asunto: empezando por Aristóteles, cuya célebre “Ética a Nicómaco” tiene en efecto como tema la posibilidad y la mejor manera de ser feliz, en un sentido profundo. Pero también podemos incluir a otros filósofos de la antigüedad, como Demócrito, Epicuro y Séneca, y a otros más próximos a nosotros, como Schopenhauer, Wittgenstein o Bertrand Russell. ¿Que usted no tiene tiempo, por ahora, de leerse a estos señores? ¿O bien, quiere una lectura más ligera, una especie de introducción filosófica al tema? Bueno, pues léase entonces el libro “Filosofía de la felicidad”, de Josep Muñoz Redón, publicado por la editorial Anagrama. El pensamiento de todos los pensadores mencionados y otros más, es expuesto con sencillez a propósito del tema. Además tiene la característica de hacerle saber a uno aspectos poco conocidos de la vida del personaje en cuestión. Uno puede enterarse ahí en efecto de que en el famosísimo jardín de Epicuro (que no era tan grande como uno suele imaginar) podía encontrar enormes cantidades de habas (yo iría); o que Wittgenstein era fanático de los westerns gringos y un empedernido jugador de parchís, o que Tomás de Aquino recomendaba a sus discípulos frecuentar burdeles para que nada los distrajera cuando él impartía sus lecciones. Este libro puede recomendarse como una buena introducción a una parte de la filosofía que, como he dicho, se encuentra bastante desprestigiada y suele ir acompañada de efluvios sacerdotales, a saber, la ética.

lunes 8 de noviembre de 2010

Himno

Pronto, la cuenta de los días llegará a su fin.

Entonces esa sombra que siempre te ha seguido
beberá el último gránulo de arena de tus venas.

Entonces el sueño acabará
y volverás a dormir en la quietud absoluta de tu ausencia.

lunes 6 de septiembre de 2010

Mañana

De nuevo, pensando en el idiotismo generalizado de nuestra época, la única razón por la que encuentro justificable en mi ánimo esperar el día que viene es esa pizca de belleza aún escondida que podría salir a mi encuentro, repentinamente.